lunes, 28 de enero de 2008

Encuentros a la intemperie

La conocí hace años. Llegaba a donde estábamos tomando café, toda vestida de negro, y nos pedía limosna. Era muy bajita, muy arrugada, y muy anciana. Casi no podía ni vocalizar, pero a duras penas acertábamos a entenderle que no tenía de qué vivir, y que tenía un hijo. Pero quién sabe qué pasaba con ese hijo, que no era capaz de retener en casa a su madre y salir a trabajar él.
Su silueta enternecía; también sus andares, algo arrastrados, y su mirada, azul claro y algo perdida.
La perdí de vista, y no logré acordarme de ella ni un sólo día.
Pero hace una semana o algo más, ha vuelto a mi vida.
Me la encuentro todas las mañanas, cuando llego a una de las puertas de la Plaza Mayor, muy temprano, casi de noche. Allí está, en una esquina. Como antes era tan anciana, ahora no la encuentro más envejecida. Sigue igual, vestida de negro y abrigada con varios sayos y toquillas de punto. Alguien le ha puesto una sillita, y permanece en silencio, esperando a que alguien se pare. A pocos metros, patrullas de la guardia civil desayunan café con churros y se ríen de los chistes que se cuentan entre ellos. No entiendo mucho del funcionamiento de los servicios del ayuntamiento, pero una anciana de más de 80 años no debería de estar a la intemperie pidiendo limosna...

3 comentarios:

Domingo dijo...

Tienes razón... El ayuntamiento tiene culpa, claro. Pero ¿y nosotros? No deberíamos permitir que la viejecita siga pidiendo limosna.

maria jesus dijo...

Si ella quiere y no es incapaz ni el Ayuntamiento ni nosotros podemos hacer nada. Es una pena pero es así

Anónimo dijo...

El hijo de Rosa se debe de dedicar a algo, y aparte tiene una especie de novia que le roba mucho tiempo. A veces se le olvida dejar a su madre algo preparado que comer. Tiene otra hija que tampoco tiene mucho tiempo para su madre, más allá de llevarla alguna vez al médico (otras, Rosa se va solita en el autobús, renqueando). Rosa le echa la culpa a la pareja de la hija, "el Becerro", que parece que vive de la hija. Si esta pareja ha echado a su hija de casa con una niña pequeña, se dice Rosa, "¿cómo van a poder atenderme a mí?"
Todo esto es lo que te cuenta Rosa, una y otra vez, con mucho cariño a ti y bastante tristeza por sus hijos, cuando te paras a su lado. Y cuando algún día vas un poco más arreglada, se da cuenta y te llama "guapa".