



Hubo un tiempo en que creí que mi vida estaría ligada a África para siempre.
Fui, por primera vez, hace unos 6 años. Desde entonces volví tres veces más, para trabajar como voluntaria en lo que fuera surgiendo, hasta que nació una iniciativa preciosa denominada "Campamentos urbanos". Trabajábamos con niños a la salida del colegio, para que no estuvieran en la calle más tiempo del necesario.
Eran los niños más auténticos que había visto jamás.
Un niño auténtico, por si quedan dudas, es un niño que se comporta como un niño, es decir, que actúa como uno espera que actúe un niño.
Ejemplos:
no dice expresiones de mayores, es inocente, se pone nervioso cuando le explicas un juego nuevo, siempre tiene ilusión por aprender, te agradece todo lo que le ofreces, no te pone en ridículo ni cuestiona tu autoridad...
Disfruté como una enana, fui más feliz que nunca, aprendí tantas cosas... y entre ellas, aprendí que aquel no era mi lugar. No podía quedarme allí para siempre. Pero quizá podía ir cada poco, y aportar mi pequeño granito de arena.
Sin embargo, entre aquellas deliberaciones llegó el que hoy es mi marido, y luego llegó mi pequeño bichito llamado María, y luego llegó la thermomix, los purés, la limpieza, el trabajo, los sueldos, el paro, el no paro... y la incertidumbre de los niños que, si Dios quiere, llegarán.
Y mis niños de Matola se quedaron solillos. Otra vez en la calle.
Hace unas tres o cuatro semanas, me ofrecieron volver 7 días a Mozambique con Manos Unidas, para trabajar como periodista. Después de muchas deliveraciones he aceptado.
Ahora sólo tengo en la cabeza que si me pasa algo, mi niña se queda sin madre. Qué optimista y alegre me he vuelto...
Me voy este sábado. Ya que le quito a María mi compañía, prometo volver llena de historias, de sueños, de imágenes y vivencias para contaros a todos, y a ella, cuando sea mayor.
A veces me da por pensar que a ella le gustará saber que su mamá vivió en Mozambique un tiempecillo, y quizá le guste que le cante el himno de África en ronga (uno de los dialectos del sur del país), o que cuente cómo eran los niños que conocí, y que la mayoría, por cierto, sobreviven gracias a Dios.








