viernes, 29 de mayo de 2009

Gente que llora

No es todos los días, pero sí suficientes días como para tenerlo en cuenta.
Me subo en el autobús todos los días a las siete y media de la mañana. Tardo casi una hora en llegar a mi trabajo, y me recorro la ciudad desde el norte más norte, hasta exactamente su centro geográfico. Y lo mismo hago para volver, sobre las 4 de la tarde.
Y las veo con mucha frecuencia. Son casi siempre mujeres, bueno, más bien siempre. No he visto a ningún hombre llorar aún.
Se les ve totalmente replegadas sobre sí, ensimismadas en su problema, a veces mirando por la ventana, otras veces mirando al infinito, tapándose la cara con las manos, y secándose los ojos discretamente con la esquinita de un kleenex ya humedecido. Quieren pasar inadvertidas, por eso no hacen ningún ruido, no hablan, no suspiran. Simplemente, lloran en silencio.
El caso es que un día tras otro, viendo mujeres llorando a mí me da qué pensar.
Puede que alguna no pueda controlar sus sentimientos, pero no creo que sea el caso de todas. ¿Hasta qué punto está uno triste como para no poder controlar las lágrimas? Dada la edad, todas jóvenes, no puedo evitar pensar en desengaños amorosos. Pero también puede ser la muerte de un familiar, ¡pueden ser tantas cosas!
Ahí están. Yo procuro no mirarlas. Respetar su intimidad, su disgusto y su dolor.
Pienso que quizá los kilómetros que recorremos en el autobús les va curando las heridas, les aleja de su casa y les despeja. O quizá no, quizá llevan su dolor puesto todo el día... No lo sé.

3 comentarios:

INÉS dijo...

Es duro ver llorar y no poder hacer nada.
Hay muchas cosas y circunstancias que provocan el llanto pero quizás la más dura sea no tener un hombro donde apoyarse.
Sí es lo más dificil.

Enrique Monasterio dijo...

Ya iba siendo hora... Bienvenida a la blogosfera!

Luis y Mª Jesús dijo...

Creo que a veces la emoción es tan intensa que las lágrimas se desbordan por mas que quieras encerrarlas.
Cuando Isabel quedó embarazada y su problema con el novio era tan grande, se me salían las lágrimas en la oficina, delante del ordenador, encima de los libros. Yo decía: "debe ser alergia". Mis compañeros asentían aunque todos me parece que sospechaban que algo pasaba.
Besos