Buff, acabo de ver a Barbra Streisand en "El amor tiene dos caras". Quitando que la protagonista me encanta, la madre de la protagonista (Lauren Bacall) me chifla, y que la decoración de la casa donde ambas viven en la película es lo mas parecido al hogar que algún día yo querría tener... Quitando todo eso, menudo mejunje extraño de "amor" que se montó el guionista cuando quiso escribir la película. Amor-sexo-amistad... Poco creíble. Pero muy agradable. Sé que es un poco ñoño, pero me vuelven loca las pelis con la imagen medio difuminada como por una media en la lente de la cámara.
En realidad hablo de "amor", y titulo así esta entrada, porque hace tiempo vi en la tele a una chica en la que me fijé, y cuyas palabras me dieron mucho que pensar. Ella habló de amor, pero de una forma profunda, casi diría pegada, inherente, imborrable... en nuestro corazón.
Era la hija de aquel hombre que, en un permiso carcelario, se cargó a la novia, hirió a un vecino, y fue en busca de su ex mujer para cargársela también. Ésta se libró de milagro porque no estaba en casa. Salió en la tele porque la pulsera ésa de maltratadores que llevaba no le había funcionado y no se había podido evitar la desgracia; la noticia en sí causó un revuelo notable, como es de suponer.
A los pocos días del suceso, la ex mujer que se libró de la muerte por los pelos, junto con su hija, acudieron a un programa "magazine", que llaman, de mañana, en la que tan pronto debaten sobre política, que sobre Gran Hermano. El que había sido su marido, había aparecido ahorcado en la cárcel a donde había vuelto nada más cometer el crimen.
La pobre señora hablaba con mucha sencillez de lo que había sido su vida, una vida llena de dolor por los malos tratos, el alcoholismo y las broncas constantes con aquel hombre. La hija, en la que yo me fijé, era una chica bastante guapa, con una conversación fluida, con una voz que denotaba seguridad, con cierta cultura y aplomo. Se había pasado media vida con el miedo metido en el cuerpo cada noche, esperando a que llegara su padre. Contaba que hubo un momento en que, por el sonido de los pasos, sabían si aquella noche tendrían broncas y palizas para ella y para su madre y hermanos.
En un momento dado, la presentadora le preguntó a la hija "cómo se sentía, ahora que su padre había muerto". Probablemente esperaba escuchar algo así como "alivio". Pero se encontró, de repente, con lágrimas, y con la hija explicando que en realidad tenía sentimientos muy contradictorios. El llanto le impidió terminar, pero en el fondo ella venía a decir que quien había muerto, por muy animal que fuera, era su padre.
Probablemente no sentía "amor" por él. Cómo sentirlo cuando le había destrozado la vida, a ella y a la del resto de su familia. Pero era su padre, y hay cosas, pues eso, imborrables, inherentes... Qué contradictorio. Pero qué real.
Cuando pensé en escribir un blog, creí que sería interesante describir a las personas y las historias con las que me encontraba todos los días, en el metro, camino del trabajo. Hace un tiempo, pude sustituir al metro por el mar y las montañas. Pero la gente sigue ahí, y las ganas de contar historias, reales o no, también.
miércoles, 28 de enero de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
En construcción
Me ha dado por cambiar un poco el blog de imagen. Como no tengo tiempo para hacerlo en una sola tarde, tendrá que actualizarse "por capítulos". Ahora está horrible, pero prometo dedicarle tiempo.
lunes, 19 de enero de 2009
martes, 13 de enero de 2009
Navidad en Mozambique
Me dicen que en Mozambique la Navidad casi no existe.
Me dicen que las calles de Maputo siguen igual de desconchadas, oscuras de noche y llenas de esa arena roja, y esas raíces enormes que se comen las aceras... que nadie arregla.
Me dicen que algunas tiendas plantan un Papa Noel, y alguna que otra decoración muy "Kich" (¿se escribe así?).
Conozco a un hombre que pasó la Nochebuena solo, en una casa en el centro de Maputo, y la Nochevieja junto a un amigo misionero mercedario, a la luz de una vela. Puede que tuvieran algo de vino tinto, quizá cayera algún que otro trocito de turrón, no me extrañaría.
Hay vidas "paralelas". Hay explicaciones que no se puede explicar con palabras.
Me gustan esas vidas.
Hace tiempo conté que cuando tenía un problema, me gustaba mirar al cielo y, al ver lo grande que era, el problema se disolvía lentamente. Lo mismo me pasa al ver cuántas opciones de vida hay, de qué manera uno puede dirigir su vida hacia lo que le hace realmente feliz, y cómo uno puede darle un corte de mangas a la rutina y a las vidas grises, y largarse (no huir) hacia donde cree que está su lugar.
En Mozambique casi no se ve la Navidad.
Aunque conozco gente que recorta guirnaldas en papel de periódico, y planta un abeto y lo adorna, en medio de la sabana.
Me dicen que las calles de Maputo siguen igual de desconchadas, oscuras de noche y llenas de esa arena roja, y esas raíces enormes que se comen las aceras... que nadie arregla.
Me dicen que algunas tiendas plantan un Papa Noel, y alguna que otra decoración muy "Kich" (¿se escribe así?).
Conozco a un hombre que pasó la Nochebuena solo, en una casa en el centro de Maputo, y la Nochevieja junto a un amigo misionero mercedario, a la luz de una vela. Puede que tuvieran algo de vino tinto, quizá cayera algún que otro trocito de turrón, no me extrañaría.
Hay vidas "paralelas". Hay explicaciones que no se puede explicar con palabras.
Me gustan esas vidas.
Hace tiempo conté que cuando tenía un problema, me gustaba mirar al cielo y, al ver lo grande que era, el problema se disolvía lentamente. Lo mismo me pasa al ver cuántas opciones de vida hay, de qué manera uno puede dirigir su vida hacia lo que le hace realmente feliz, y cómo uno puede darle un corte de mangas a la rutina y a las vidas grises, y largarse (no huir) hacia donde cree que está su lugar.
En Mozambique casi no se ve la Navidad.
Aunque conozco gente que recorta guirnaldas en papel de periódico, y planta un abeto y lo adorna, en medio de la sabana.
martes, 6 de enero de 2009
La noche
Durante muchos años, la noche era sólo para soñar, despierta o dormida.
Después, fue el tiempo de estudiar, de salir, de hacer amigos, de caminar por las calles vacías de vuelta a casa, o a un colegio mayor donde nadie me pedía explicaciones.
Más tarde la noche volvió a ser oscura, solitaria, muy breve, pasajera.
Todo eso queda muy lejos. Como el resto del mundo le quedaba lejos a Susanita, aquella amiga de Mafalda.
Hoy conozco a a perfección cada hora que compone la noche. Cada una tiene un significado. La una, las dos, las tres... Son horas aún cercanas al día anterior. Las cuatro significa una mala noche, un mal presagio de que continuará. Las cinco es una hora amable, significa que el día termina pronto, y las seis es una hora un poco dolorosa, pero cargada de esperanza porque el final de la noche se acerca.
En Gijón la gente duerme más que en Madrid. Lo tengo comprobado porque me gusta asomarme a la ventana muy de noche, con la pequeña María hecha una bolita en mi regazo.
En Madrid es frecuente ver una ventana encendida en algún edificio de los alrededores... en cambio, en Gijón es muy complicado.
Los coches que atraviesan la carretera, en Gijón, son taxis. En Madrid son de todo tipo.
Siempre pienso: "¿A dónde irán?" "¿De dónde vendrán?".
Todo parece diferente por la noche.
Después, fue el tiempo de estudiar, de salir, de hacer amigos, de caminar por las calles vacías de vuelta a casa, o a un colegio mayor donde nadie me pedía explicaciones.
Más tarde la noche volvió a ser oscura, solitaria, muy breve, pasajera.
Todo eso queda muy lejos. Como el resto del mundo le quedaba lejos a Susanita, aquella amiga de Mafalda.
Hoy conozco a a perfección cada hora que compone la noche. Cada una tiene un significado. La una, las dos, las tres... Son horas aún cercanas al día anterior. Las cuatro significa una mala noche, un mal presagio de que continuará. Las cinco es una hora amable, significa que el día termina pronto, y las seis es una hora un poco dolorosa, pero cargada de esperanza porque el final de la noche se acerca.
En Gijón la gente duerme más que en Madrid. Lo tengo comprobado porque me gusta asomarme a la ventana muy de noche, con la pequeña María hecha una bolita en mi regazo.
En Madrid es frecuente ver una ventana encendida en algún edificio de los alrededores... en cambio, en Gijón es muy complicado.
Los coches que atraviesan la carretera, en Gijón, son taxis. En Madrid son de todo tipo.
Siempre pienso: "¿A dónde irán?" "¿De dónde vendrán?".
Todo parece diferente por la noche.
sábado, 27 de diciembre de 2008
María... esa desconocida
Sucedió a la puerta de una iglesia. Mi marido y yo salíamos apresurados porque la pequeña María comenzaba a llorar de hambre. Entonces me paró una joven rumana; no tendría más de 18 ó 19 años.
-Perdone, señorita, no se preocupe, no voy a pedirle dinero -hablaba español muy bien.
Nos paramos, entre extrañados y temerosos... ¿qué quería pedirnos? Reconozco ser una ignorante de las costumbres y la forma de ser de estas personas, pero de entrada me muestro reservada con ellos, no lo puedo evitar. Pero la chiquilla me sonreía.
-¿Podría usted darme ropa de niño de un año de edad? Tengo un hijo pequeño...
Señalaba al carrito de María, suponiendo que tendríamos ropita para darle.
-Pero mi hija es muy pequeñita, tiene tan sólo un mes y medio... no tengo ropita para niños de un año...
Ella puso una expresión de tristeza, y yo le intenté explicar que podía hablar con el párroco para que desde Cáritas parroquial le ayudara, pero veía claramente que eso no iba a suceder: ni siquiera parecía estar entendiéndome.
Al final me acordé de que mi suegra guardaba un montón de ropa de mi marido y su hermano cuando eran pequeños, así que, después de consultarlo con ella por teléfono, le dije a la jovencilla que en breve le daríamos una maleta con ropitas.
Antes de irme, le pregunté si estaría allí al día siguiente. Me dijo que sí, que se quedaba allí todos los días.
¿Y cómo te llamas?
"María", me dijo, custodiando la puerta de la Iglesia, al día siguiente de Navidad.
"Toma ya", pensé yo.
-Perdone, señorita, no se preocupe, no voy a pedirle dinero -hablaba español muy bien.
Nos paramos, entre extrañados y temerosos... ¿qué quería pedirnos? Reconozco ser una ignorante de las costumbres y la forma de ser de estas personas, pero de entrada me muestro reservada con ellos, no lo puedo evitar. Pero la chiquilla me sonreía.
-¿Podría usted darme ropa de niño de un año de edad? Tengo un hijo pequeño...
Señalaba al carrito de María, suponiendo que tendríamos ropita para darle.
-Pero mi hija es muy pequeñita, tiene tan sólo un mes y medio... no tengo ropita para niños de un año...
Ella puso una expresión de tristeza, y yo le intenté explicar que podía hablar con el párroco para que desde Cáritas parroquial le ayudara, pero veía claramente que eso no iba a suceder: ni siquiera parecía estar entendiéndome.
Al final me acordé de que mi suegra guardaba un montón de ropa de mi marido y su hermano cuando eran pequeños, así que, después de consultarlo con ella por teléfono, le dije a la jovencilla que en breve le daríamos una maleta con ropitas.
Antes de irme, le pregunté si estaría allí al día siguiente. Me dijo que sí, que se quedaba allí todos los días.
¿Y cómo te llamas?
"María", me dijo, custodiando la puerta de la Iglesia, al día siguiente de Navidad.
"Toma ya", pensé yo.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Que se llama soledad

Parece mentira, pero alguna vez letras así describían mi estado de ánimo. Me gustaba regodearme en mi propia melancolía, y hay que reconocer que en eso Joaquín Sabina es un experto. Ya no me siento reflejada en estas letras, pero al volver a leerlas, me parecen lejanas, pero aún "melancólicamente bellas".
Algunas veces vivo
y otras veces
la vida se me va con lo que escribo;
algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo
que te arañe el corazón;
luego arrojo mi mensaje,
se lo lleva de equipaje
una botella..., al mar de tu incomprensión.
No quiero hacerte chantaje,
sólo quiero regalarte una canción.
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Algunas veces gano
y otras veces
pongo un circo y me crecen los enanos;
algunas veces doy con un gusano
en la fruta del manzano
prohibido del padre Adán;
o duermo y dejo la puerta
de mi habitación abierta
por si acaso se te ocurre regresar;
más raro fue aquel verano
que no paró de nevar.
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Joaquín Sabina
y otras veces
la vida se me va con lo que escribo;
algunas veces busco un adjetivo
inspirado y posesivo
que te arañe el corazón;
luego arrojo mi mensaje,
se lo lleva de equipaje
una botella..., al mar de tu incomprensión.
No quiero hacerte chantaje,
sólo quiero regalarte una canción.
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Algunas veces gano
y otras veces
pongo un circo y me crecen los enanos;
algunas veces doy con un gusano
en la fruta del manzano
prohibido del padre Adán;
o duermo y dejo la puerta
de mi habitación abierta
por si acaso se te ocurre regresar;
más raro fue aquel verano
que no paró de nevar.
Y algunas veces suelo recostar
mi cabeza en el hombro de la luna
y le hablo de esa amante inoportuna
que se llama soledad.
Joaquín Sabina
viernes, 19 de diciembre de 2008
"Felices" fiestas
Hace días que quiero comentar "en voz alta" algo que ví, y que me pareció irónico, surrealista, y muy triste.
Volvíamos de Granada en el coche. El viaje de vuelta a Madrid está salpicado de tristes locales de alterne con nombres que pretenden ser exóticos. En uno de ellos, me fijé, habían colocado grandes letras luminosas adornadas con campanas y demás adornos típicos de estas fechas. Se podía leer: "Felices fiestas".
Era un adorno igual que tantos otros letreros de cualquier tienda o bar de España.
Pero en este caso la felicitación, que tiene reminiscencias caseras y familiares, me pareció casi un insulto.
"Felices fiestas", les deseaban los trabajadores del local a los visitantes del mismo, y a los viajeros de la carretera. ¿"Felices"... para quién?
¿Para los hombres casados que visitan el local y que posteriormente irán a hacer como que celebran la Navidad en familia?
¿Para los hombres solitarios que buscan... lo que busquen, a cambio de dinero?
¿Para las pobres mujeres que venden su cuerpo, con o sin su consentimiento? ¿Cómo celebrarán ellas la Navidad? ¿Trabajando?
De repente me di cuenta de que la Navidad podía ser muy triste, no sólo para los que no pueden comprarles juguetes a sus hijos... sino también para los que tienen mucho dinero.
El cartelito luminoso, con sus consabidas campanas, idénticas a las que yo dibujaba cuando era pequeña por estas fechas, me pareció grotesco.
No sé si estoy siendo muy dura. Ya sabéis que este tema me importa especialmente...
Volvíamos de Granada en el coche. El viaje de vuelta a Madrid está salpicado de tristes locales de alterne con nombres que pretenden ser exóticos. En uno de ellos, me fijé, habían colocado grandes letras luminosas adornadas con campanas y demás adornos típicos de estas fechas. Se podía leer: "Felices fiestas".
Era un adorno igual que tantos otros letreros de cualquier tienda o bar de España.
Pero en este caso la felicitación, que tiene reminiscencias caseras y familiares, me pareció casi un insulto.
"Felices fiestas", les deseaban los trabajadores del local a los visitantes del mismo, y a los viajeros de la carretera. ¿"Felices"... para quién?
¿Para los hombres casados que visitan el local y que posteriormente irán a hacer como que celebran la Navidad en familia?
¿Para los hombres solitarios que buscan... lo que busquen, a cambio de dinero?
¿Para las pobres mujeres que venden su cuerpo, con o sin su consentimiento? ¿Cómo celebrarán ellas la Navidad? ¿Trabajando?
De repente me di cuenta de que la Navidad podía ser muy triste, no sólo para los que no pueden comprarles juguetes a sus hijos... sino también para los que tienen mucho dinero.
El cartelito luminoso, con sus consabidas campanas, idénticas a las que yo dibujaba cuando era pequeña por estas fechas, me pareció grotesco.
No sé si estoy siendo muy dura. Ya sabéis que este tema me importa especialmente...
viernes, 12 de diciembre de 2008
Ya no es lo que era
Mi mejor amiga se acaba de ir a vivir a un apartamento, ella solita. Somos amigas desde bien pequeñas. Y su familia, como suele pasar en estos casos, es casi una parte de la mía.
Hoy, mi amiga me ha enviado unas fotos de su apartamento, que ha decorado con todo el mimo que le permite la crisis. En una de ellas, se podía ver a su padre sentado en el salón.
Al ver esta foto en concreto, no he podido evitar sentir una pequeña punzada en el corazón. Hacía bastante tiempo que no le veía. Y la verdad, el peso de los años se hacía notar en su cara.
Por unos instantes un montón de recuerdos se agolparon en mi mente. Es un hombre al que tengo cariño, por su forma de ser bonachona y generosa, y verle casi como un ancianito, yo qué sé, me ha dejado un poco tonta.
Mi marido opina que "qué importan los años, si se trata de un hombre feliz, con unos nietos estupendos y la cabeza toda en su sitio".
Ya, entiendo que ésa es la forma de enfocarlo. Yo soy más de mirar "patrás", qué se le va a hacer.
Como la tele. Hoy, comiendo, hemos visto que Antena 3 está de aniversario. 18 añitos de ná, que cumple. Hemos visto imágenes de antiguos programas, antiguos informativos... Éramos cinco en la mesa. Y casi sin pensarlo, he dicho en alto: "La tele ya no es lo que era". Todo el mundo ha asentido y hemos seguido comiendo en silencio.
La tele ya no es lo que era. Hay muchas cosas que ya no son lo que eran. No quiere decir que los momentos de ahora sean malos. Qué va, seguramente en muchos aspectos sean mucho mejores. Pero ya no es lo que era. Y lo que era, a mí me gustaba.
Hoy, mi amiga me ha enviado unas fotos de su apartamento, que ha decorado con todo el mimo que le permite la crisis. En una de ellas, se podía ver a su padre sentado en el salón.
Al ver esta foto en concreto, no he podido evitar sentir una pequeña punzada en el corazón. Hacía bastante tiempo que no le veía. Y la verdad, el peso de los años se hacía notar en su cara.
Por unos instantes un montón de recuerdos se agolparon en mi mente. Es un hombre al que tengo cariño, por su forma de ser bonachona y generosa, y verle casi como un ancianito, yo qué sé, me ha dejado un poco tonta.
Mi marido opina que "qué importan los años, si se trata de un hombre feliz, con unos nietos estupendos y la cabeza toda en su sitio".
Ya, entiendo que ésa es la forma de enfocarlo. Yo soy más de mirar "patrás", qué se le va a hacer.
Como la tele. Hoy, comiendo, hemos visto que Antena 3 está de aniversario. 18 añitos de ná, que cumple. Hemos visto imágenes de antiguos programas, antiguos informativos... Éramos cinco en la mesa. Y casi sin pensarlo, he dicho en alto: "La tele ya no es lo que era". Todo el mundo ha asentido y hemos seguido comiendo en silencio.
La tele ya no es lo que era. Hay muchas cosas que ya no son lo que eran. No quiere decir que los momentos de ahora sean malos. Qué va, seguramente en muchos aspectos sean mucho mejores. Pero ya no es lo que era. Y lo que era, a mí me gustaba.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Bajo su manto
Estoy en Granada desde hace varios días. Mi marido es granadino. Decidimos bautizar aquí a María, en Nuestra Señora de las Angustias, la patrona de la ciudad.
La Iglesia en sí es muy andaluza, recargada y muy bonita. Para los del norte, como yo, tiene un sabor especial: no es común para nosotros entrar en una Iglesia por un patio donde hay una fuente, flores y más flores, colores y velas, y siempre alguien rezándole a un Cristo rodeado de exvotos.
El bautizo en sí fue entrañable. Un sacerdote simpático y cariñoso al que no conocíamos presidió el acto, y María fue bautizada junto con tres niños más, dos Álvaros y una Sofía.
Quizá podría haber sido algo más íntimo, con un sacerdote amigo, en otra parroquia y para María sola. Pero la culpa fue mía: se me puso en el moño que allá donde la niña fuera bautizada, lo sería en la festividad de La Inmaculada, y en la Iglesia de la patrona de la ciudad. Si hubiera sido bautizada en León, habría sido en La Virgen del Camino, donde yo misma me bauticé.
Pero fue en Granada, y fue precioso.
Se nos olvidó la concha de plata que el padrino le regaló.
Se nos olvidó el agua del Jordán que había traído su abuelo desde Tierra Santa.
Y diez minutos antes de salir de casa, a María se le ocurrió ponerse a hacer sus necesidades con un ímpetu nunca antes conocido. Tanto fue así, que acabamos metiéndola a remojo en el lavabo, de urgencia. Ella debía de encontrar aquello la mar de divertido. Pero tenía a sus tías, a sus abuelas y a sus padres, entre el ataque de pánico y el de risa.
Al final, con una María más relajada de lo normal, llegamos a la Iglesia previo aviso de nuestra tardanza al sacerdote.
Iba preciosa. Una de mis tías había guardado el traje con el que a ella misma la habían bautizado, hacía 50 años. Ya no se ven trajes así. Está entero bordado a mano, la tela, según mi madre, es de "organdí suizo" y el encaje de nosequé. Se lo había regalado su madrina, y esperaba, guardado, a que hubiera un nuevo bautizo en la familia.
En realidad los otros tres niños también iban adorables. Pero María llevaba un vestido con historia, y para mí eso ya es especial.
Al finalizar el bautizo, es costumbre en esta parroquia que los niños sean pasados bajo el manto de la Virgen. En una catequesis el día anterior, el párroco había insistido varias veces en que no debíamos dejarnos llevar por la superstición: el manto de la Virgen no es mágico.
Pero yo pensaba para mí, que no quiero magia para mi hija, sino mucho amor.
De mayor le contaré que la Virgen la cubrió con su manto desde antes de tener un mes de vida. Y yo sé que, por muchas vueltas que dé, eso siempre quedará ahí.
La Iglesia en sí es muy andaluza, recargada y muy bonita. Para los del norte, como yo, tiene un sabor especial: no es común para nosotros entrar en una Iglesia por un patio donde hay una fuente, flores y más flores, colores y velas, y siempre alguien rezándole a un Cristo rodeado de exvotos.
El bautizo en sí fue entrañable. Un sacerdote simpático y cariñoso al que no conocíamos presidió el acto, y María fue bautizada junto con tres niños más, dos Álvaros y una Sofía.
Quizá podría haber sido algo más íntimo, con un sacerdote amigo, en otra parroquia y para María sola. Pero la culpa fue mía: se me puso en el moño que allá donde la niña fuera bautizada, lo sería en la festividad de La Inmaculada, y en la Iglesia de la patrona de la ciudad. Si hubiera sido bautizada en León, habría sido en La Virgen del Camino, donde yo misma me bauticé.
Pero fue en Granada, y fue precioso.
Se nos olvidó la concha de plata que el padrino le regaló.
Se nos olvidó el agua del Jordán que había traído su abuelo desde Tierra Santa.
Y diez minutos antes de salir de casa, a María se le ocurrió ponerse a hacer sus necesidades con un ímpetu nunca antes conocido. Tanto fue así, que acabamos metiéndola a remojo en el lavabo, de urgencia. Ella debía de encontrar aquello la mar de divertido. Pero tenía a sus tías, a sus abuelas y a sus padres, entre el ataque de pánico y el de risa.
Al final, con una María más relajada de lo normal, llegamos a la Iglesia previo aviso de nuestra tardanza al sacerdote.
Iba preciosa. Una de mis tías había guardado el traje con el que a ella misma la habían bautizado, hacía 50 años. Ya no se ven trajes así. Está entero bordado a mano, la tela, según mi madre, es de "organdí suizo" y el encaje de nosequé. Se lo había regalado su madrina, y esperaba, guardado, a que hubiera un nuevo bautizo en la familia.
En realidad los otros tres niños también iban adorables. Pero María llevaba un vestido con historia, y para mí eso ya es especial.
Al finalizar el bautizo, es costumbre en esta parroquia que los niños sean pasados bajo el manto de la Virgen. En una catequesis el día anterior, el párroco había insistido varias veces en que no debíamos dejarnos llevar por la superstición: el manto de la Virgen no es mágico.
Pero yo pensaba para mí, que no quiero magia para mi hija, sino mucho amor.
De mayor le contaré que la Virgen la cubrió con su manto desde antes de tener un mes de vida. Y yo sé que, por muchas vueltas que dé, eso siempre quedará ahí.
viernes, 28 de noviembre de 2008
Cara a cara
Ayer me pasó una cosa muy rara.
Como casi todo lo que me pasa "raro", tuvo lugar en el bus, que es donde más pienso, junto con el metro.
De repente me entró una necesidad terrible de mirarme a mí misma sin caretas, ni disculpas. De juzgarme, no más duramente que otras veces, pero sí más sinceramente. Lo más sinceramente que fuera capaz.
La sensación no fue muy duradera, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de alguna cosa.
Me pregunto si me sucederá más veces.
martes, 25 de noviembre de 2008
Carolina
De mayor quiero ser como Carolina.
Aunque Carolina tenga más o menos mi edad, hoy en día.
Carolina es otra vez un nombre inventado, pero creo que le pega: podría llamarse así.
La he conocido hoy, cuando entré en la farmacia con cara de desesperación.
Detrás del mostrador, un cristal gigante blindado y qué sé yo qué cosas más, había dos mujeres. Una señora mayor, con bata, y una chica monísima, que no hacía más que sonreir, sin bata, algo moderna, muy linda.
Se me acercó la jovencita, a la que yo he llamado Carolina.
Probablemente se me escapó una mueca de disgusto: yo quería que me atendiera la señora mayor. Según mi suegra es muy "apañá", "sabe mucho" y es "muy amable".
Y yo necesitaba a alguien así, que me escuchara, que me diera en forma de lo que fuera algo que le calme el dolor a María y la convierta en un recién nacido normal que duerma algo más que ocho horas diarias...
Pero resultó que Carolina (la hija de la señora mayor "apañá"), me escuchó como hacía tiempo que nadie me escuchaba.
Acostumbrada a que los pediatras me quiten de en medio con todo tipo de explicaciones contradictorias, Carolina no apartó la sonrisa en todo el rato, y me aconsejó como sólo las madres saben hacerlo.
Y es que ella es madre. No me dijo de cuántos niños, pero me dió a entender que más de uno.
Tuvo la paciencia de explicarme de qué estaban compuestos todos los medicamentos que me llevé para María, me aconsejó que comprara ésto, lo otro no... y encima me acabó dando unas muestras de jabón espumoso para el baño... "que huele muy rico". Probablemente se tiró conmigo 15 minutos, escuchándome con todo el cariño del mundo (de verdad que transmitía cariño), y me fui de allí tranquila y sin la desazón con la que entré por la puerta.
Si hay algo que me gusta en esta vida es encontrarme a gente así. Y la suerte de tener un blog para contárselo a quien lo quiera leer...
Yo de mayor quiero ser como Carolina. Por cierto: la farmacia en cuestión está más lejos que cualquiera de las otras tres que tengo al lado de casa. Pero bien vale un paseo, con tal de que me atienda Carolina... o su mamá "apañá".
Aunque Carolina tenga más o menos mi edad, hoy en día.
Carolina es otra vez un nombre inventado, pero creo que le pega: podría llamarse así.
La he conocido hoy, cuando entré en la farmacia con cara de desesperación.
Detrás del mostrador, un cristal gigante blindado y qué sé yo qué cosas más, había dos mujeres. Una señora mayor, con bata, y una chica monísima, que no hacía más que sonreir, sin bata, algo moderna, muy linda.
Se me acercó la jovencita, a la que yo he llamado Carolina.
Probablemente se me escapó una mueca de disgusto: yo quería que me atendiera la señora mayor. Según mi suegra es muy "apañá", "sabe mucho" y es "muy amable".
Y yo necesitaba a alguien así, que me escuchara, que me diera en forma de lo que fuera algo que le calme el dolor a María y la convierta en un recién nacido normal que duerma algo más que ocho horas diarias...
Pero resultó que Carolina (la hija de la señora mayor "apañá"), me escuchó como hacía tiempo que nadie me escuchaba.
Acostumbrada a que los pediatras me quiten de en medio con todo tipo de explicaciones contradictorias, Carolina no apartó la sonrisa en todo el rato, y me aconsejó como sólo las madres saben hacerlo.
Y es que ella es madre. No me dijo de cuántos niños, pero me dió a entender que más de uno.
Tuvo la paciencia de explicarme de qué estaban compuestos todos los medicamentos que me llevé para María, me aconsejó que comprara ésto, lo otro no... y encima me acabó dando unas muestras de jabón espumoso para el baño... "que huele muy rico". Probablemente se tiró conmigo 15 minutos, escuchándome con todo el cariño del mundo (de verdad que transmitía cariño), y me fui de allí tranquila y sin la desazón con la que entré por la puerta.
Si hay algo que me gusta en esta vida es encontrarme a gente así. Y la suerte de tener un blog para contárselo a quien lo quiera leer...
Yo de mayor quiero ser como Carolina. Por cierto: la farmacia en cuestión está más lejos que cualquiera de las otras tres que tengo al lado de casa. Pero bien vale un paseo, con tal de que me atienda Carolina... o su mamá "apañá".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
